*El gobierno de la Cuarta Trasformación ha generado las condiciones para que los cárteles de la droga dominen el territorio: sin ninguna autoridad de por medio, matan, secuestran, descuartizan cadáveres y se disputan el control del país a sangre y fuego. Prueba de ello es la ola de asesinatos que ha inundado de sangre el territorio. Ante este desastre nacional, el presidente Andrés Manuel López Obrador se muestra tibio, impotente. Si la guerra de Felipe Calderón no frenó al narco, la inacción del actual gobierno está resultando peor: les ha cedido el territorio. Y si ni la Guardia Nacional ni el Ejército actúan, los cárteles operan no sólo en la más absoluta impunidad sino que amenazan con desplazar al propio gobierno, de hecho, ya lo están haciendo al competir en el reparto de despensas y en la atención social.

Ricardo Ravelo/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

Ciudad de México.- Después de la guerra fallida contra el narcotráfico emprendida por el entonces presidente Felipe Calderón — cuyo ahora está en entredicho porque los cárteles se fortalecieron y se internacionalizaron –ahora los grupos criminales encentran facilidades para establecer nuevas alianzas, lo que les permite fraccionarse en bloques, pues ninguna autoridad los persigue debido a que el gobierno federal carece de una política criminal efectiva.

Viejos cárteles, que en otro momento fueron considerados descabezados, debilitados y a punto de la extinción ahora reviven y se posicionan en el territorio nacional con mayor fuerza. Es el caso del cártel de Tijuana que, de verse casi al borde de la desaparición actualmente cobró un nuevo aire. Ahora se llama Cártel de Tijuana Nueva Generación. Su nuevo poderío se debe a la asociación que estableció con el Cártel de Jalisco, que encabeza Nemesio Oseguera.

Como antecedente importante cabe decir que, en 2006, cuando tomó posesión como presidente Felipe Calderón, la guerra contra el narcotráfico –en ese tiempo los cárteles ya dominaban casi todo el territorio nacional, según el diagnóstico de entonces –se centró en no más de diez grupos criminales.

Entonces el mapa estaba conformado por los cárteles del Pacífico y/o Sinaloa, encabezado por Joaquín Guzmán Loera; la célula de los hermanos Beltrán Leyva, el cártel de Juárez, Tijuana, Jalisco Nueva Generación, Golfo, Zetas, Los Cuinis, los hermanos Valencia Cornelio, La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios.

Después de la guerra, que resultó un desastre –México se convirtió en ese tiempo en exportador de violencia e inestabilidad en el continente debido a la internacionalización de los cárteles mexicanos –los grupos criminales entendieron muy bien la transición que enfrentaban: fue entonces cuando los grandes cárteles empezaron a dividirse en bloques, establecieron alianzas estratégicas con grupos incluso antagónicos y pactaron con gobernadores y alcaldes. Esto explica el control territorial que actualmente detentan y no sólo eso: con el paso de los años ya no les bastó con tener la protección oficial –política y policiaca –sino que los propios capos compitieron electoralmente para detentar el poder: ahora muchos personajes de la delincuencia organizada son alcaldes, diputados locales y federales y, en muchos casos, están operando en las propias gubernaturas de los estados y hasta en el Poder Judicial.

Este cambio de paradigma, lejos de frenar la violencia, la exacerbó: muchos estados del país como Sinaloa, Jalisco, Nuevo León, Tamaulipas, Veracruz, Coahuila, entre otros, enfrentan uno de los más altos niveles de criminalidad, con jornadas de sangre tan cruentas como la que se vivió el 20 de abril, cuyo saldo fue de 114 ejecuciones.

Y ante este derramamiento de sangre que se vive por todas partes, el llamado del presidente a los cárteles para que “le bajen” ha resultado palabra vacía, pues los grupos criminales actúan en abierto desacato a la autoridad.

Y es que si bien la guerra contra el crimen que emprendió Felipe Calderón no frenó la violencia, la inacción del gobierno de la Cuarta Transformación ha resultado igual de ineficaz e incluso peor: los cárteles operan abiertamente, pues ninguna autoridad los persigue; se dan tiempo para establecer alianzas, operan a lo largo y ancho del país, siembran amplios territorios con droga –mariguana y amapola –trafican con cocaína, heroína y drogas sintéticas como si sus actividades fueran legales

La radiografía criminal

De acuerdo con un informe de inteligencia de la Secretaría de Seguridad Pública del 2019 los grandes cárteles que operaban en el país han sufrido un cambio sustancial. Ahora operan fraccionados o en bloques, lo que ha derivado en que se hayan conformado células o escisiones que controlan grandes extensiones de territorio a base de sangre y fuego.

Según el informe, éstas células operan con un elevado nivel de violencia –matan, secuestran, descuartizan, desaparecen personas, cobran piso a los comercios con amenazas –y disponen de armamento de alto poder que, por mucho, supera al que disponen las policías municipales, cuyos mandos, además, están coludidos con los grupos criminales.

Con base en esta radiografía, ahora cárteles como Los Zetas –antiguo brazo armado del cártel del Golfo y posteriormente transformado en cártel independiente –se han dividido en dos células: el cártel del Noreste, que representa una estructura renombrada de los nuevos Zetas –y Los Zetas de la Vieja Escuela, un grupo disidente que tiene presencia en Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Veracruz, Zacatecas, Campeche, Tabasco y Quintana Roo.

En el caso de Nuevo Laredo, Tamaulipas, esta región –según el informe criminal –opera un brazo armado conocido como “La Tropa del Infierno”, a la que se atribuye la ola de violencia que azota a ese estado.

Pero eso no es todo: El Cártel del Golfo –uno de los más viejos que opera en México, fundado en los años sesenta por Juan Nepomuceno Guerra, tío de Juan García Ábrego –sufrió una fractura en su cimentación con la captura y muerte de sus principales líderes. El último capo emblemático que lo dirigió fue Osiel Cárdenas, capturado en 2003 y extraditado a Estados Unidos, donde compurga una pena.

Esta escisión derivó en el surgimiento de tres grupos criminales tan violentos como sanguinarios: “Grupo Bravo”, “Los Metros” y “Los Ciclones”.

Las autoridades federales cuentan con registros que dan cuenta de la existencia de otros pequeñas células delictivas no menos perniciosas: “Grupo Sombra”, “Grupo Pantera”, “Comando del Diablo”, “Los Sierras”, “Escorpiones”  “Grupo Operativo Z”, “Alcatraz de los R”, éste último, asociado con otro conocido en el mundo del hampa como “El Combate del Diablo”-

Estos grupos de sicarios o de exterminio ligado a los cárteles de Los Zetas, Noreste y Golfo surgieron recientemente y su consolidación se explica en buena medida al vacío de Estado que priva en el país.
Su zona de influencia se ubica en Tamaulipas, Quintana Roo y en una parte de San Luis Potosí. A pesar de las alianzas, esta organización que ha tejido en poco más de una década, está a punto de desaparecer del escenario criminal nacional, de no aliarse con otros grupos delictivos.

Cárteles se reciclan

Las alianzas entre células o fracciones establecidas por los grandes cárteles de la droga han permitido, en los últimos tres años –del último tramo del gobierno de Enrique Peña Nieto a la fecha –que algunas organizaciones criminales que estaban debilitadas o a punto de desaparecer ahora hayan comenzado un repunte con una nueva estructura que incluye apoyo financiero, base de sicariato y armamento de alto poder para enfrentar a los cárteles poderosos.

De esta manera, la guerra se centra en los municipios del norte y sur del país y la lucha es por el control territorial y el mercado de drogas, que ya es boyante en México.
Los casos ejemplificativos de este resurgimiento criminal lo representa el cártel de Tijuana, fundado en los años ochenta por la familia Arellano Félix. Ahora de autonombran Cártel de Tijuana Nueva Generación (CTNG), ya que sellaron una alianza con el Cártel de Jalisco, representado por Nemesio Oseguera, el cual domina en 20 estados de la República mexicana.

El CTNG, de acuerdo con los informes oficiales, se fortaleció en estructura de sicarios, armamento y distribuyó muy bien el territorio que controla –Baja California, por ahora –y su principal cerebro, se afirma en círculos policiacos, es Enedina Arellano, quien desde los años noventa opera el lavado de activos.

Otro caso es el cártel de Juárez, ahora llamado Nuevo Cártel de Juárez. Mantienen a su brazo armado –La Línea –y a su vez controlan a otros pandillas –Los Mexicles y Los Aztecas –y unidos como un ejército ahora han arremetido fuerte para reposicionarse en el trasiego de drogas hacia Estados Unidos.

En 2006, cuando Calderón declaró la guerra al narco, este cártel estuvo a punto de desaparecer. Vicente Carrillo, su jefe, fue detenido. El gobierno federal golpeó su estructura en 2009 cuando rescató a Ciudad Juárez, considerada entonces la zona más violenta del mundo.

Pero diez años después, el cártel de Juárez está de vuelta y, al igual que otros grupos criminales, ha encontrado facilidades para reorganizarse en el gobierno de López Obrador, pues esta organización no ha sido molestada por ninguna autoridad.
Además de Ciudad Juárez, Chihuahua, este cártel controla Sonora, El Paso y San Antonio, Texas, en Estados Unidos.

A la lista de suma La Familia Michoacana, quienes hace menos de una década estuvieron a punto de la extinción. Se dividieron y de esa escisión surgieron Los Caballeros Templarios, activos hasta la fecha, pero disminuidos. Este grupo se dedica al tráfico de drogas, incluida las sintéticas; al secuestro, homicidio, lavado de dinero, trata de personas y cobro de piso a comercios.

Pero con nuevos refuerzos y mejor estructura en Michoacán resurgió lo que se conoce como La Nueva Familia Michoacana. Cuenta con un brazo armado –Los Troyanos –que operan en Michoacán, Estado de México, Guerrero, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Colima, Nuevo León, Baja California y Coahuila. Todo ello gracias a las alianzas que tejieron con otros cárteles.

Una de sus principales asociaciones la hicieron –según el informe de la Secretaría de Seguridad Pública –con Las Morcas, señalados por la DEA como un cártel desde el 2009, pues distribuyen droga, heroína y drogas sintéticas, en territorio estadunidense.

El Cártel Beltrán Leyva y/o Gente Nueva es un claro ejemplo de la fragmentación criminal dado que, con la detención y muertes de Arturo, Carlos, Alfredo, Mario, Esaúl y Héctor Beltrán Leyva, este cártel dio origen al nacimiento de ocho células criminales que han continuado con las actividades de trasiego de droga, trata de personas, ejecuciones, tráfico de armas, lavado de dinero, secuestro y cobro de piso a comerciantes grandes y pequeños.

Por su parte, el cártel de Los Rojos, con presencia en el centro y norte de Guerrero, así como en Morelos, es otro de los grupos transformados que ahora controlan una mayor extensión territorial, lo que han conquistado a base de efectuar verdaderos baños de sangre.

El bastión principal de Los Rojos se construyó en Chilapa, Guerrero; su fundador fue Jesús Nava Romero, “El Rojo”, quien fue lugarteniente de Arturo Beltrán Leyva. Además de este grupo en esa región operan Los Mazatlecos, brazo armado de Los Beltrán, ahora dedicados al tráfico de drogas.

También operan los Ruelas Torres, cuyo líder, José Luis Ruelas Torres, fue lugarteniente de Arturo Beltrán. En Guerrero está el semillero de nuevos grupos criminales, herencia de Los Beltrán, como es el caso de Los Granados, quienes operan en la Costa Grande.

También se incluyen a “Los Ardillos” –llevan 20 años en el crimen organizado dedicados al tráfico de amapola y heroína –, cobro de piso, piratería y secuestros. Ahora operan en lo que se conoce como la región de la montaña y el centro de Guerrero.

A estos grupos se suma, además, el Cártel Independiente de Acapulco, la cual es considerada una organización local. Opera en las colonias del puerto de Acapulco, Guerrero; se dedican al trasiego de drogas, secuestro, servicios de sicariato, ejecuciones y cobro de piso.

“El 2 mil” o “El Panchillo” es el jefe de otra banda criminal. Su verdadero nombre es Javier Hernández García. Su radio de acción ha crecido. Ahora se afirma que controla Coahuila, parte de Chihuahua, San Luis Potosí y Sonora.

En Guerrero una parte del territorio le corresponde a “Guerreros Unidos”, eslabón del grupo Beltrán Leyva y del cártel del Pacífico.

En la zona del Bajío la lucha está fuerte entre los Cárteles de Jalisco y Santa Rosa de Lima, éste último encabezado por José Antonio Yépez, “El Marro”. Se disputan el control del huachicol en los municipios de Valle de Santiago, Joral del Progreso, Cortázar, Yuriria, Salamanca, Irapuato, Silao y León, el llamado Triángulo del Huachicol. La Narcoguerra nacional.

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