Fernando Irala / La Opinión de México

Después del atentado

No habían vivido los habitantes de la Ciudad de México un atentado de la dimensión y organización como el que intentó acabar con la vida del secretario de Seguridad Ciudadana, Omar García Harfuch.

Por años, por lustros, aun un tanto escépticos, los citadinos nos habíamos creído el espejismo sostenido por las autoridades: aquí no hay crimen organizado.

Las evidencias nos decían reiteradamente lo contrario, pero no deseábamos enfrentarnos con la realidad.

Así, el narcomenudeo, el secuestro, la extorsión y el derecho de piso, fueron creciendo en vastas zonas de la capital, desde la periferia hasta barrios populares del corazón de la ciudad, incluso en las colonias y calles de diversión y consumo suntuario.

A algunos capos aquí avecindados los tuvo que detener o abatir la Marina o el Ejército, ante la evidente complicidad o sometimiento de la policía local.

Empezaron a ser frecuentes ejecuciones nocturnas o a la luz del día, no sólo entre integrantes y líderes de las bandas, sino de comerciantes y empresarios que se negaron a doblegarse ante los criminales, o de víctimas de secuestro, se pagase o no el rescate.

También han sido ejecutados hasta testigos “protegidos”, o funcionarios policiacos y exmilitares de menor visibilidad que García Harfuch. Alguno hasta rematado en el hospital.

Pero esta vez la audacia fue demasiado. Tanto que por un lado los altos mandos de seguridad federales fueron advertidos con semanas de antelación, aunque vagamente, de lo que venía. Tanto, que el propio García Harfuch, apenas un par de horas después de la emboscada, pudo señalar sin duda alguna el origen de la embestida.

La respuesta policiaca fue inmediata y en cierto sentido impecable. Pocas horas después ya se había capturado a la mayor parte de los implicados, incluso a quien se señala como el autor intelectual, aunque más bien se trata del gerente que obedeció al verdadero maquinador de la aventura.

Sin embargo, la historia no ha terminado. Los matones no lograron su objetivo, pero el cartel que lo ideó sólo perdió unas pocas armas y unos cuantos sicarios. De ambos, tiene por cientos, tal vez miles.

En el resto del país, hay incluso quien señala que por vez primera los capitalinos experimentamos lo que en vastas zonas del territorio nacional se vive a diario, tal vez con la única diferencia de que la policía nunca aparece, o llega cuando todo ha concluido.

Mucho es lo que hay que hacer a partir de ahora. Por lo pronto hay que dejar de mandarles abrazos a los malhechores, y a sus madres, retirarles el saludo.

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