Rafael Loret de Mola/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/La Opinión de México

*De las Maldiciones

*Millonario Cristal

Los políticos no tienen imaginación; y es tanta su ignorancia, además, que siguen creyendo que Puebla es sólo camotes, Irapuato únicamente fresas, Aguascalientes puras uvas y Celaya nada más cajeta. Y así llegamos hasta Yucatán en donde las hamacas y los panuchos son los márgenes de una entidad gobernada por entenados del cacique extinto, Cervera, cuya alma deambula por Xibalbá, el inframundo de los Mayas acaso más terrible que el infierno de Dante y los horrores por él descritos como una premonición que siempre le atormentó como atormenta hoy a los vivos creyentes.

Nuestra tragedia, nuestro más allá castigador, se engendra en la clase política, peor a los más temibles seres demoníacos, siempre con cuernos y colas, o con círculos cerrados en donde los colores patrios son rehenes de un partido insolente que eleva la manipulación hasta en las siglas y los venerados símbolos de la nación. ¿Hasta cuándo se tolerará que el PRI usurpe, sin ningún derecho y con privilegios que exceden la civilidad, los colores del pendón por cuya vigencia nos es enseñado a ofrendar la vida? Aquí comienza el punto de no inflexión de una política ramplona, hipócrita y sólidamente demagógica –la antítesis de la democracia-.

Un dirigente partidista que tuviera vergüenza y decoro introduciría la iniciativa para desposeer al PRI del tricolor de su emblema porque México no es propiedad suya como tampoco lo son sus símbolos; este es el numen de la partidocracia odiosa que, unida al presidencialismo, nos asfixia y doblega. Y lo mismo hace la 4T que se basa en MORENA par confundir a los devotos de la morenita del Tepeyac cuando sus componentes repelen los símbolos religiosos pero los usan según sean sus intereses.

Por eso fastidian las mismas cantaletas que oiremos hasta el fin: El PRI, con cinismo abracadabrante, no cesará en decirnos que “nadie saber gobernar mejor” –aunque los hechos prueben lo contrario-; el PAN habrá de replegarse al viejo discurso de que representa una transformación sin violencia –“más que un cambio”, rezaba la pobre Josefina si la recuerdan-; el PRD, abogará por insistir en ser el núcleo de la izquierda “responsable” e incapaz de parecer artera; y MORENA, bueno Andrés, insistirá, hasta el cansancio, en la mafia del poder, el frijol con gorgojo y en su inmaculado plumaje que sobrevuela los pantanos sin ensuciarse, como poetizaba Salvador Díaz Mirón y sigue aplicando en las “mañaneras” –sin mariachis- el más intocable de los mexicanos. ¡Basta de tantos engaños en el reino de la manipulación!

Y nosotros, aguantando la catarata de adjetivos que no son sino maldiciones constantes a los adversarios en una lucha por el poder radicalizada. Por ejemplo, Andrés es veleidoso y miente al decirse seguro de ir por buen camino si bien los momios cada vez son más complejos sobre todo si se dan las alianzas turbias, ésta sí, bajo el influjo del presidencialismo dominante aún. Porque los millones que siguen al icono pueden ser usados únicamente para la consabida histeria electoral que cesa cuando “alguien” así lo decide.

Lo mismo si es justo el reclamo o no, como en el caso de los cuatro idiotas quienes aseguraban que en el 2000 se dio “un fraude al revés” para permitir el paso de Fox.

El purgatorio ya está aquí; y sólo quedan tres entidades en donde no se ha vivido la alternancia: Coahuila de los Moreira, Hidalgo de los Rojo y los Lugo y el Estado de México del grupo Atlacomulco.

La Anécdota

Allá por 1998, en el periódico en donde colaboraba como columnista principal, se apareció en mi cubículo José Luis Cuevas, acompañando al director de “México Hoy”. Fue una gratísima sorpresa. “Paisano”, me llamó por nuestro origen común yucateco, aunque ninguno de los dos hubiese nacido en la península, y de allí nos seguimos diseccionando la política nacional que, entonces, ya apuntaba hacia el desastre.

Cuevas y yo vimos venir el Apocalipsis y dialogando sobre él, de pronto, se levantó, tomó una crayola y comenzó a dibujar sobre el cristal de mi oficina. Hablaba y trazaba con la misma energía mientras, ante mis ojos, surgía una figura asombrosa, como un extraordinario regalo que emocionó a mis sentidos. Desde luego, al término de la reunión, mandé a traer a un vidriero para desmontar aquello y busqué a alguien con capacidad para evitar que se borraran los crayolazos –palabra nueva-.

Por desgracia, ¡AY!, me ganó la limpieza y las chicas encargadas de ella, en el amanecer, limpiaron la puerta y me dejaron con una sensación de vacío que hasta hoy sobrellevo.

Un lutro después de su partida repito lo que dije entonces: Qué seas tan grande allá –no lo dudamos- como lo fuiste en la tierra, maestro.

 

 

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