*“Murió” hace 6 años y Estados Unidos todavía ofrece 10 millones de dólares y México 30 millones de pesos; Más de 42 años activo en el narcotráfico, siempre como jefe; De agente de la DFS a ser llamado el “Consiglieri” de capos

*Siempre de bajo perfil, en estratégico segundo plano; Lozano Gracia y Esparragoza Moreno estuvieron frente a frente y no se reconocieron; Tres veces lo detuvieron y de sus captores no queda uno solo vivo

Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

(Primera de tres partes)

Ciudad de México.- Juan José Esparragoza Moreno, alias “El Azul”, de 71 años de edad, de los cuales 42 años permaneció activo en el narcotráfico como alto jefe, merced a su bajo perfil, presuntamente está muerto y aunque ninguna autoridad ha confirmado su muerte, todo han sido especulaciones, la DEA y la FGR continúan ofreciendo casi 250
millones por su captura.

Tan no lo consideran muerto, que la Fiscalía General de la República y el gobierno de los Estados Unidos ofrecen por su captura 30 millones de pesos y 10 millones de dólares.

Esparragoza Moreno, contemporáneo de grandes varones de la droga como Miguel Ángel Félix Gallardo, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, Pedro Avilés, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo y su sobrino, Amado Carrillo Fuentes, entre otros, habría muerto la tarde del viernes 6 de junio de 2014, a la edad de 65 años, víctima de un infarto, en un hospital privado de la ciudad de Guadalajara, Jalisco.

Según la versión difundida por el portal sinaloense “Río Doce”, “El Azul”, mote impuesto por el color moreno (azulado) de su piel, convalecía de un accidente -no se precisa de qué tipo-, ocurrido a fines de mayo de ese año que le ocasionó graves lesiones en la columna vertebral.

La versión, señala que Esparragoza Moreno trató de incorporarse de la cama hospitalaria donde convalecía y por el esfuerzo realizado, le sobrevino el infarto que le causó la muerte.

Sin que tampoco se haya confirmado, se dice que un día después (el sábado 7), fue cremado y sus cenizas entregadas a sus familiares que se las llevaron a su natal Badiraguato, Sinaloa.

Hasta la fecha, la información se ha mantenido en total hermetismo y ni la Procuraduría General de la República ni la de Jesús Murillo Karam, Arely Gómez González, Raúl Cervantes Andrade y Alberto Elías Beltrán, ni la Fiscalía General de la República, de Alejandro Gertz Manero, confirmaron o desmintieron tal rumor, aunque dijeron, en su momento, que se estaba investigando.

 “El Azul”, originario de la localidad de Huixiopa, municipio de Badiraguato, Sinaloa, nació el 3 de febrero de 1949 y desde los 23 años ocupó un lugar preponderante en el mundo del narcotráfico, en el que al menos durante cinco lustros se convirtió en el consejero y conciliador entre las diferentes organizaciones criminales del país.

A principios del año 2014, los Estados Unidos lo sacaron de su anonimato al boletinar decenas de empresas y presuntos cómplices que lavaban millones de dólares del Cártel de Sinaloa, organización de la que se convirtió en líder, junto con Ismael “El Mayo” Zambada García, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera e Ignacio “Nacho” Coronel Villarreal.

Los mismos capos consideraban a Esparragoza Moreno como el mejor negociador entre cárteles, de tal suerte que era llamado, al estilo de la mafia siciliana, “El Consiglieri de los Consiglieri”.

En diversas ocasiones burló la acción de la justicia y escapó lo mismo de manos de militares, marinos, federales, estatales y municipales, gracias a su equipo de seguridad que se anticipaba a los operativos implementados en su contra.

Uno de los últimos y fallidos operativos se realizó en las inmediaciones de Plaza Antares, entre avenida Acueducto y Patria, en pleno centro de la Perla Tapatía, pero al frustrarse dio pie a que corrieran diferentes versiones.

En dicho operativo se rumuró que “El Azul” y Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, a la postre líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, considerado como el más sanguinario y poderoso en la actualidad, habrían muerto; lo cierto es que ninguno resultó afectado ya que fueron alertados a tiempo y a la hora de la balacera ya no
estaban en el lugar.

Con esa escapatoria sumaron tres intentonas -de 2010 a la fecha- en que Juan José escapó por diferencia de horas o quizá de minutos, gracias a su red de guardaespaldas y escoltas que le informaban a tiempo.

La explicación de que Esparragoza Moreno hubiera permanecido casi tres décadas como uno de los más importantes barones de la droga, sin que fuera reconocido, y desplegado una actividad de 42 años en el mundo del narcotráfico, fue por su bajo perfil, señalan expertos en la materia.

A diferencia del clásico capo de las drogas, ostentoso y ávido de fama, Esparragoza siempre fue (¿o es?) discreto, amable, nada ostentoso, culto y excelente conversador, de buen gusto para el vestir, no al estilo del narco de antaño, con botas, chalecos de
pieles exóticas, cinturones piteados, joyas, cadenas, relojes, escuadra al cinto y el “cuerno de chivo” al hombro, dueños de mansiones y palacetes.

La primera exigencia a sus hombres cercanos era no llamar la atención, bajo ningún motivo, tanto él como el personal a su servicio tenían que pasar desapercibidos y quien no respetara esas reglas pagaba las consecuencias a veces hasta con la vida.

Una anécdota que pinta de cuerpo entero a Juan José, ocurrió a principios de 1995 cuando se encontraba en uno de los reservados de un exclusivo restaurante en la zona de Polanco, en la Ciudad de México.

Se disponía a comer. Sus escoltas se hallaban distribuidos estratégicamente en mesas en derredor de su jefe y otros de sus hombres en diferentes puntos del establecimiento, incluso en el exterior para cubrir cualquier eventualidad.

De pronto, uno de ellos corrió a avisar a su jefe que estaba por llegar gente de la entonces Procuraduría General de la República, por lo que “El Azul” se levantó y salió apresuradamente. En su precipitada carrera no se fijó en un hombre que iba entando y trompicó con él de manera accidental.

Detuvo su marcha y se excusó: “Por favor, discúlpeme”, le dijo a aquel comensal, elegantemente vestido, que era custodiado por varios escoltas.

—No se preocupe, no hay cuidado, respondió el recién llegado, a lo que
Juan José le dijo “buen provecho” y siguió caminando con tranquilidad.

El personaje que esperaba su turno, era nada más ni nada menos que Fernando Antonio Lozano Gracia, recién designado procurador general de la República (PGR), pero ninguno de los dos se conocía, así que cada quien continuó su camino.

Cuando estaba por iniciar el operativo, uno de los guardaespaldas del procurador Lozano le informó que se disponían a capturar a Esparragoza Moreno, que comía en el lugar.

-¿Cómo es? preguntó el Procurador.

Al describirle a un hombre alto, fuerte, moreno, de tez casi cobriza y pelo quebrado, entrecano, supo que se había topado de frente con el escurridizo capo, quien todavía tuvo tiempo de ofrecerle disculpas y desearle bon apettit.

A “Don Juan”, como le llamaban sus colaboradores, no le gustaba la fama e incluso no permitió que le hicieran corridos, a diferencia de la mayoría de capos que hasta pagaban para que se los escribieran.

La orden de pasar desapercibidos era tajante. Su lema era: “No hay que dejarse ver, sino hacerse sentir”.

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