Redacción/ Sol Quintana Roo/ Sol Yucatán/ Sol Campeche/ La Opinión de México

CUARTA DE 7 PARTES

Para colmo, se insiste, “los posibles testigos de los hechos fueron muriendo, también asesinados (¿?) o en circunstancias extrañas pocos meses después de aquel terrible 17 de julio de 1928”.

Y se concluye que “esos datos fueron ocultados cuidadosamente durante ochenta años y por fin salen a la luz en esta NOVELA histórica y reveladora, respaldada por una investigación minuciosa y plena de acción e intriga”.

En realidad, se usó un truco parecido al del supuesto payaso Brozo, quien, cuando el agua le llega a los aparejos, dice que sus palabras son de Víctor Trujillo…quien ya no es comediante sino “periodista y comentarista político”.

La verdad es que nunca hubo autopsia reveladora, sólo hubo un tirador, José de León Toral y lesionó seis veces al presidente electo, con una pistola española abastecida con balas 0.32, equivalentes al calibre 8.128 milímetros. Y ningunos datos fueron “ocultados cuidadosamente durante ochenta años”, como lo demostraremos en el siguiente capítulo.

Los monasterios y conventos deben ser disueltos y suprimidos. Todos los ministros de la religión “han de ser mexicanos por nacimiento”. Bajo pena de multa y cárcel, todo acto público ha de efectuarse dentro del recinto de los templos. Prohibido estrictamente a los ministros de ambos sexos de cualquier religión, el usar vestido o hábito que los distinga como miembros de alguna religión o culto.

Todos los templos son propiedad de la nación y el Poder Federal decidirá cuáles podrán permanecer destinados al culto, todas las residencias episcopales, las casas curales, los seminarios, los asilos y colegios pertenecientes a asociaciones religiosas pasarán a la propiedad de la nación y el Gobierno Federal determinará a qué usos ya Federales o de los Estados serán aplicados.

Así explica Biblia y Tradición-Wordpress, en qué consistió principalmente la infame Ley Calles de 1926, dos años antes de que el general Álvaro Obregón Salido intentara “recuperar” para sí la Presidencia de la República.

La Ley Calles entró en vigor el 31 de julio de 1926. El alto Clero tenía que tomar una determinación. Si obedecía tendría que sujetarse a la imposición y limitaciones que les ceñía la Ley Calles, tendrían que registrarse todos los sacerdotes ante las autoridades civiles, sin contar para nada con las eclesiásticas. Ante tal disyuntiva, explica la Biblia y Tradición, (con información del gran investigador Agustín Martínez Avelleyra), “los altos prelados consideraron que les era imposible obligar a los sacerdotes y al pueblo a sujetarse a tamañas injusticias, se ofrecería una resistencia pasiva, que consistía en la suspensión del Culto, esto es, los ministros de la Iglesia se declararon en huelga y cerraron el culto en las iglesias del país, tomando como base que no de hacerlo, el pueblo podría tomar su actitud como reconocimiento o aceptación.

El Presidente Calles les había dicho: “Sólo tienen dos caminos ustedes: o acudir al Congreso o tomar las armas”.

Se presentó un documento con DOS MILLONES DE FIRMAS, solicitando el cambio o modificación a la Ley Calles y se pedía libertad. No se les hizo el menor caso. Calles estaba lleno de soberbia “no quería disgustar a su amo Obregón”. En febrero de 1923, Calles, ministro de Gobernación, había expulsado del país a monseñor Ernesto Filippi, que fungía en México como delegado apostólico, concluyó Biblia y Tradición.

Al enterarse los religiosos que venía más de lo mismo, si Obregón llegaba otra vez al poder, decidieron “eliminarlo” como hizo la bella Judith con el general Holofernes, enemigo de su pueblo y a quien Judith emborrachó para poder decapitarlo con una cimitarra, en nombre del “Dios de Israel”.

Lejano el tiempo de las cimitarras, los conspiradores, (entre quienes nunca se contó “La Madre Conchita”, una fanática que sólo aspiraba al martirologio), actualizaron las armas y escogieron explosivos y balazos para intentar detener la carrera política del ambicioso sonorense Álvaro Obregón Salido.

Tras un atentado fallido en el bosque de Chapultepec, con bombas caseras y tiros errados, cuatro conspiradores pagaron con su vida, (sin juicio previo), el haber intentado matar a Obregón, cuya policía secreta era tan mediocre que jamás se dio cuenta de que un dibujante del periódico Excélsior, se convirtió automáticamente, en el más peligroso opositor de Obregón: se trataba del caricaturista José de León Toral, gran amigo, casi hermano, de Humberto Pro, uno de los cuatro fusilados en la Inspección de Policía, cuyo edificio fue derribado posteriormente para edificar una sede de la Lotería Nacional, frente a la estatua del “Caballito”, en la ciudad de México.

Efectivamente, José de León Toral, quien tenía antecedentes penales por repartir propaganda religiosa, se presentó en el anfiteatro correspondiente, y tras escuchar las quejas de su amiga Anita Pro, (hermana de dos de los fusilados el 23 de noviembre de 1927), juró vengar la brutal afrenta federal.

Cabe mencionar que tampoco hubo “bendición del arma homicida”, uno de los mejores reporteros policiales de México, Eduardo “El Güero” Téllez Vargas, explicó de manera convincente que José de León Toral se presentó en una casa donde dio misa el padre Aurelio Jiménez, (uno de tantos religiosos violentos que ha padecido México), y en el momento de la bendición, “simplemente Toral abrió su saco, la pistola .32 casi no se veía”.

El dibujante se despidió en silencio de su familia, a la que dejaría en el desamparo con tal de “servir a Dios para que reinara de manera absoluta”. Nunca se preguntó si Dios habría estado de acuerdo en violar uno de sus Diez Mandamientos.

José de León Toral jamás estuvo “tembloroso” como falsamente lo describe el historiador Francisco Martín Moreno. La ultima caricatura de Álvaro Obregón evidencia una mano firme y segura. El muchacho nunca tembló cuando siguió la pista de Obregón hasta ubicarlo en “La Bombilla”. Tampoco se le doblaron las piernas cuando penetró y pidió una cerveza, en medio de gran cantidad de personas armadas, de quienes pensaba que lo matarían en pocos minutos después…

De acuerdo a publicaciones verídicas y esas sí históricas, José de León Toral se aproximó lentamente al general, dibujándolo y preguntando a uno de los presentes si le parecía bueno el boceto.

En ese momento, según confesó en Lecumberri, José de León Toral le comentó al ángel de su guarda: “No te quejarás, te he llevado lejos y pronto nos veremos”. Con su pistola de calibre .32, José dio un primer tiro en el rostro de Obregón y luego otros cinco por la espalda del presidente electo de México.

Era martes 17 de Julio de 1928. Eran las 14.20 horas. El español Pedro Romaris, empleado de “La Bombilla”, declaró que pasaba un plato con frijoles refritos, cuando oyó las detonaciones en la mesa del general Obregón, “cerca estaba detenido un joven que vestía de café, sin sombrero, empuñaba una pistola.

Muchos comensales sacaron armas y el que habla se retiró al despacho, desde donde vio que el presunto heridor era llevado en auto con rumbo desconocido”.

Otro español, Vicente García, dijo que el general Obregón había rechazado un platillo de cabrito enchilado, para solicitar frijoles refritos, “cuando se escucharon los balazos, cerca estaba un individuo que tenía en la mano izquierda un papel y en la derecha una pistola, los disparos fueron a quemarropa y de manera instantánea, por lo que fue imposible evitar el homicidio, como todos sacaron pistolas me retiré a otros de los kioscos chicos que están al fondo del jardín”.

El hispano Jesús Elorrieta Barro dijo haber visto cuando Obregón se desplomaba sobre su costado izquierdo. El heridor vestía un traje color chocolate, “todos se levantaron y fueron al sitio, armados”. Nadie parecía saber que el presunto homicida había estado preso en 1926, por lanzar propaganda en pro de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa.

El historiador Agustín Martínez Avelleyra narraba que Toral fue llevado a la Inspección de Policía, (frente al “Caballito”) donde, entre otros tormentos, fue colgado de los testículos, violado con un máuser, golpeado con correas en el rostro, quemado con cerillos, dislocado de los pulgares, para obligarlo a identificarse. Tres horas y media soportó el suplicio.

Frente al Presidente Calles juró por la salvación de su alma que obró solo, para que Cristo pudiera reinar en México, en un reinado sobre las almas, completo, absoluto, no a medias…

El detective Valente Quintana lo trató con misericordia y Toral le dijo que La Madre Conchita podía dar fe de que “era un buen cristiano”. Eso fue suficiente para que la policía culpara de “conspiración” a la religiosa y la obligara a pasar 12 años de su vida en diversas prisiones.

Extrañamente, cientos de obregonistas, cegados por el odio y la política, gritaban que “la sangre de los huérfanos de la Revolución, pedía la sangre de los asesinos de Obregón”. Como en el caso de Colosio, en un instante no fue el asesino, sino “los asesinos”, sin más pruebas que el fanatismo.

“Te mandaremos a las Islas Marías, para que se sacien en ti los chacales y pagues con creces tu crimen, maldita monja”, se decía.

Probablemente con toda la razón, Fernando Ortega, abogado defensor, dijo entonces que María Concepción Acevedo y de la Llata “nada ha tenido que ver en el asunto, esta mujer ha recibido pacientemente todo lo que se ha dicho, ha aceptado gustosa que en ella caiga todo el peso de la ley, todo el pueblo lo sabrá cuando estén calmadas las pasiones, el recuerdo de esta mujer nos perseguirá implacable con un remordimiento, porque se comprenderá toda la injusticia y la inquina de que ha sido víctima”.

José de León Toral dijo que aquel día, martes, “llevaba desabrochado el chaleco para poder extraer la pistola .32 con facilidad, mostré los dibujos a Obregón, volteó la cara sonriente, con bastante amabilidad a verlos, entiendo que no llegó a ver bien ni el primero, porque inmediatamente me pasé el block a la mano izquierda y maquinalmente, sin darme cuenta, disparé el primer tiro a la cara, bajé la pistola sin saber cuántos tiros se dispararon; después en la Inspección, supe que fueron cinco al cuerpo y uno al rostro. No hice ningún impulso para escapar y recibí algunos golpes, que sentí como almohadazos, mientras que alguien comentaba que después de tanto trabajo”…

El 7 de noviembre de 1928, José de León Toral fue sentenciado a muerte y “La Madre Conchita” a 20 años de prisión, un jurado popular la había declarado “inocente”, pero fue obligado a tachar la palabra y encimar otra: “culpable”.

La defensa interpuso recurso de apelación, pero el 22 de noviembre de 1928, el Procurador Juan Correa Nieto dijo a los magistrados que “no tomaran en cuenta los alegatos de los defensores, que deberían confirmar la sentencia por razones políticas y de Estado”.

Se solicitó un amparo ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación y fue denegado; se pidió el indulto presidencial y Emilio Portes Gil negó el perdón, por lo que el viernes, 8 de febrero de 1929, se informó a Toral que sería fusilado 24 horas después.

El homicidio fue cometido en el patio de la hortaliza, en el penal de Lecumberri, parte posterior del edificio, tras de enfermería para varones.

A las 12.30 horas sonó la descarga de fusilería. En las piernas de Toral cayeron dos de los dieciocho costales de tierra suelta que fueron colocados para proteger al pelotón de algún rebote de bala. El capitán José Rodríguez Rabiela dio el “tiro de gracia” al dibujante. Puede ser interesante saber que entre los testigos presenciales del fusilamiento, había un acaudalado individuo que no era policía, ni periodista, ni diplomático, tampoco reportero gráfico, pero tenía o decía tener el récord nacional de haber presenciado la mayor parte de los fusilamientos en México: Alberto B. Braniff.

Al iniciarse el régimen de Manuel Ávila Camacho, “La Madre Conchita” recuperó su libertad, estaba en Lecumberri, fue el 9 de diciembre de 1940, y junto con su esposo, el dinamitero Carlos Castro Balda, iniciaron una vida nueva que había de terminar para ambos, en una casa contigua a la que fuera del general Obregón, en la actual Avenida Álvaro Obregón, ciudad de México.

A una de sus amigas, le escribió una carta la religiosa, confiándole que había sufrido mucho por el deceso, a principios de agosto de 1979, del licenciado Fernando Ortega, el valiente defensor y “yo misma siento un presentimiento de muerte”. Al día siguiente de ese presentimiento, las últimas palabras de la célebre monja fueron: “Adiós, Carlitos”. Y el dinamitero Carlos Castro Balda, quien calificaba como “chinampinas” las bombas que puso en la Cámara de Diputados, murió también de un ataque cardíaco, el 17 de julio de 1986, en el 58 aniversario de la muerte de Obregón.

Los lectores se preguntarán a estas alturas dónde están las mentiras. La más absurda fue la falsificación de presunto documento que señalaba, con aparente claridad, que “el cuerpo del general Álvaro Obregón presentaba más orificios de entrada y salida de balas, que los que podían esperarse de la cantidad de cartuchos quemados por José de León Toral”.

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